jueves, 25 de octubre de 2007

Mandarina Mecánica 4 - Chelsy 5


10 minutos, 15 horas, 21 días, diez meses y 2007 años tras el alumbramiento de Nuestro Señor Jesucristo en la lejana Galilea, un nuevo equipo llamado a proclamar la buena nueva surge de otro recóndito páramo, Zaragoza, rodeado de un páramo aún mayor, Aragón, para disputar su primer encuentro en la nueva Jerusalén, Madrid, capital de España y sus Periferias, sede del glorioso, imperial e invicto Real Madrid, espejo resplandecientes de virtudes que nosotros, oh mortales, solo podemos adivinar con el rabillo del ojo, pues si afrontáramos su fulgor con nuestra única ceja, quedaríamos, quién sabe, convertidos en piedra, reducidos a sal, o incluso, según algunos roídos papiros en arameo, emparentados con Carod-Rovira.

La Previa. La Mandarina lo tenía todo en su contra: un sol de justicia para unos seres provenientes de las catacumbas, un campo de tierra abundante y seco para unos seres acostumbrados al fango, una pretemporada mal planificada consistente en tabaco, alcohol, drogas y sexo (más bien autosexo), y un equipo rival, el Chelsea, que aunque desprovisto de enormes peazo negros tripoidianos, sí contaba con rápidos y jóvenes efebos a los que ya les gustaría encontrarse a nuestra edad en tal grado de decadencia.

Así, acorralados por el cementerio de La Almudena y el hangar de los autobuses de línea, perdidos de la mano de Dios a 25 minutos del metro más cercano, la Mandarina Mecánica parecía ir en el Estadio Municipal de La Elipa juntita de la mano hacia la humillación y con un Chelsea dispuesto a teñir el terreno de naranja (Nótese la omisión del vulgar símil ‘exprimirnos’, porque además en sentido literal el terreno entonces hubiera terminado siendo una fosa de cal viva por lo que nuestro cuerpo puede llegar a excretar).

Y entonces, tras semanas de discutir las posibles tácticas, que si dos atrás y un líbero, no, mejor tres y jugamos a la contra, venga, mejor jugar los diestros a banda cambiada, oye, que dónde están las canastas, etc., la Mandarina se aferró tras el pitido inicial a lo único por lo que Dios finalmente te pide cuentas, sentir la camiseta, y retrotrayéndose en un viaje conjunto por el genoma humano hasta la primera reyerta entre homo sapiens y neandertales, exhaló un gemido atávico y primigenio de verdadero clan: ¡¡¡AIVAVAIVAIVAIVAAA!!! (Traducción libre del baturro: ¡Victoria o muerte!)

Pues si las hordas de germanos comandadas por Arminio exterminaron a tres legiones romanas de Augusto en el bosque de Teutoburgo en una de las grandes humillaciones que recurda la Historia, cómo entonces nosotros, nacidos en la ciudad que da fama a ese emperador, Cesaraugusta, en vez de seguir su ejemplo y exclamar en noches de insomnio una nueva versión de “¡Quintilio Varo, devuélveme mis legiones!”, por un “¡Chelsea, devuélveme mi portería a cero!”, cómo entonces, digo, no podíamos seguir el ejemplo de aquellos bárbaros que siglos después nos invadieron, mataron a nuestros antepasados, violaron a nuestras antepasadas, y dejaron todo hecho un erial para sobre la nada fundar la Unidad de Destino hacia lo Universal en la que, cuando menos, carraspeamos; cómo entonces nosotros, vuelvo a decir, con sangre germana y romana corriendo sin freno cual Villarroya por nuestras venas, desterrados los judíos, expulsados los infieles de Granada, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, cómo entonces, por fin, ¿no podríamos dar otro vuelco a la Historia y ganar ese puto partido con un par de cojones?

La Épica. Todas las épicas cuentan con su héroe, y la Mandarina Mecánica tenía un as en la manga: Rubén, el Mariscal, el Beckenbauer de Oliver. Rápido, infatigable, atento al corte, moscacojonera; el balón le quiere, busca su compañía, que le arrope por las noches con esa diestra que en los albores del partido colocó la pelota en la escuadra tras un magistral saque de falta. Puskas guiñó un ojo desde Allí. Lo que se supone que es la grada se vino abajo y la Mandarina, tras pellizcarse el testículo derecho por si era un sueño o, más probable, un efecto de la resaca, celebró cual apareamiento gatuno el primer gol del primer partido de la que será recordada como la Primera liga. De ahí a los altares. Y si ya resultaba increíble ir ganando, con las agencias de noticias en ese momento colapsadas, los reporteros chillando y corriendo de lado a lado cuales prostitutas ante la inminente visita de la selección portuguesa, las modelos rifándose a los chinos a qué jugadores se follarán para contarlo en las teles y José Ramón de la Morena secuestrando a Iniesta para exiliarse y cumplir no se sabe bien qué pasiones reprimidas, y entonces, solo entonces, ¡pam! Se produjo una conmoción en la Fuerza. España, el Planeta Tierra, y las Leyes que rigen el Universo se paralizaron. Segundo gol de la Mandarina Mecánica. El acabose. Luis, uno de los lujos del equipo, bien colocado, situado en el área como recogen los cánones ‘El Más Listo de la Clase’, caza un rechace y pa’ dentro. ¿Para qué más? ¿Por qué en ese instante no cogimos sin más y nos largamos a aporrear las verjas de los bares de Argüelles? Efectivamente, por el honor, por el respeto al rival, por la camiseta, en definitiva, por el Fútbol (y bueno, porque solo había un coche).

Cuando un equipo se crece comienzan las adulaciones, la prensa deportiva servil, las páginas interiores del Hola, los actos para ONG´s, la metrosexualidad, etc., y pasa lo que pasa, el equipo se relaja y te enchufan dos seguidos. Empate. A todo esto hay que decir que carecíamos de portero, asunto éste bien camuflado por la prensa afín con rumores sobre el supuesto interés de la Mandarina por varios jugadores del Chelsea, y a la espera de que Gallardón tramite esta semana el tránsfer del próximo portero titular, tuvo que comenzar como guardabayas nuestro Capitán, oh mi Capitán, Raúl. ¿Cómo se iba a llamar si no el Gran Capitán de la Mandarina Mecánica? ¿Cabe en la cabeza otro nombre (y eso que la mayoría somos aragoneses)? Así es, porta en su DNI el mismo nombre de pila que el mejor delantero que vieron los tiempos, el referente de nuestra gloriosa e invicta Selección Nacional, el capitán del equipo más español y siempre en eterno combate con el F.C Antiespaña: Raúl Tamudo. Con el empate los dos conjuntos se lanzaron a por la Victoria, se alternaron ocasiones, palos, cambios, grandes intervenciones de ambos cancerberos, y tierra, mucha tierra jodiendo de aquí para allá. Por no hablar de las líneas de cal, tan anchas que se podrían haber disputados otros tantos partidos en su interior, o los desniveles del campo, que eso parecía una representación a escala de la Meseta Central.

Hasta que de nuevo a balón parado, esta vez en un corner, Juan, nuestro Javi Moreno, se desmarcó al primer palo y en un triple movimiento acompasado mortal de cintura, omoplatos y testa, enchufó un cabezazo directo a la red digno de ser inmortalizado en mármol por el griego Mirón, una vez desenterrado y galvanizado, y destruido a martillazos su Discóbolo. Tres a dos y al descanso. Viva Freud y la psicología, pues tras la reanudación Cayuela redondeó la faena con el cuarto. Apoteosis. ¡La oreja, presidente! Pero los libros de texto de Física dicen que aquello que sube luego baja (salvo los pisos y el café, excepción que confirma la regla), y si hasta a los Imperios del Gran Khan les llegó la hora, la Mandarina no iba a ser menos en su Caída. Se conjugaron infinitas variables, los historiadores no se ponen de acuerdo, los revisionistas se escupen a la cara, arden las enmiendas a la ley de la Memoria Histórica. La vil propaganda de la ‘Conspiransón’ señala que ellos corrían más, jugaban mejor, presionaban, estaban conjuntados, y que nosotros éramos una miserable banda verbenera que a falta de bombonas de oxígeno y sin piernas ortopédicas de repuesto se derrumbó en la segunda parte. Nosotros preferimos achacarlo al Destino.

A ello se une que Carlos, nuestro “Pato Abbondanzieri”, tuvo que hacerse cargo de la portería, voluntariamente a punta de pistola, en sustitución de nuestro Raúl Fernández de Córdoba, quien cometió la única falta en contra (así es imposible ganar, ellos nos hicieron unas cuantas y encima con la honra de que uno de ellos viera la tarjeta azul y le expulsaran cinco minutos, si nos lees, o mejor, si has conseguido llegar hasta aquí, dinos qué le dijiste al árbitro por favor) que se tradujo en chupinazo a la red en clara muestra de envidia cainita de nuestro primer gol. Luego el Chelsea aprovechó el desconcierto para realizar una gran jugada desde el centro del campo en la que se sucedieron regates, velocidad, desmarques, mandarinos siguiendo la pelota como un burro la zanahoria, pases al hueco y una definición limpia y certera. Empate a cuatro. Un gran gol para los Valdano y los Segurolas, pero una debacle para la filosofía hegeliana de la antítesis, la cáscara de la Mandarina, en su empeño por exterminar la figura del centrocampista y su delimitación virtual con el fin de jugar únicamente con dos tíos atrás que cuelguen en bucle balones al área para forzar un saque de banda o, por qué no, un temido rechace fatal. Un varapalo al fútbol total. Ante tamaña descomposición intelectual, la Mandarina decidió practicarse el harakiri regalando en defensa el balón para que el Chelsea, en su magnanimidad, practicara el acto último del seppuku y nuestra cabeza rodara al fondo de la portería. Vuelco al marcador, cuatro a cinco. Pero al igual que un pollo recién decapitado da su último correteo antes de caer en la cazuela, la Mandarina sitió con sus catapultas la portería rival sin poder superar ni a la férrea defensa rival ni a la propia inoperancia inherente de sus componentes en todas las facetas de la vida.